
Parte de todo este proceso migratorio consiste en ceder, regalar, guardar, vender o encontrar lugar a muchas de nuestras pertenencias.
En mi caso tengo muchos libros ya en casa de mi mamá, los ordenaré y los pondré en una librera disponible para el efecto. También hay muchos otros libros que quiero que me acompañen, son una especie de tesoros personales que no quiero dejar y se me antojan difíciles de encontrar en español. Mención aparte los libros de los más pequeños, sobre todo de mi hija que aún no aprende a leer y que quiero lleve siempre nuestro idioma.
Pero pasa algo divertido cuando estoy revisando tantos libros y eligiendo cuáles se van y cuáles se quedan: me sumerjo en la lectura de tal o cual pasaje y luego me quedo horas releyendo un libro, recordando la primera vez que lo hojeé y reviviendo aquellas sensaciones.
Me pongo a pensar que ya no leo tanto como antes, que la Internet absorbe muchos momentos que los podría dedicar a la lectura, que hay otras cosas también que me requieren y que ya no puedo quedarme cuatro o cinco horas seguidas leyendo un libro.
De los autores latinoamericanos contemporáneos prefiero a García Márquez y a Galeano, y de ellos me quedo con Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera y Memoria del fuego, esta última una obra impresionante por su sencillez y por la profundidad investigativa del uruguayo al realizarla.
Creo que al final me llevaré unos pocos libros seleccionados, otros los dejaré empacados para enviar después por courier y algunos más quedarán en casa de mi madre esperando otras manos y ojos hambrientos de lectura.










